viernes, 29 de septiembre de 2006

Cómo le dinamito la profundidad
con qué sílice abro una ruta de piedad en sus ojos
no quiero engendrar suicidios ni mapas blancos
prefiero su derramada ausencia
los incendios de su perdición

no hundas en ti mis pasos
vuelvo de lo oscuro para
hablar
de nuevo
ojo a ojo
con la muerte.

martes, 5 de septiembre de 2006



Los azules
voraces

del
cielo.



Lámabase Teresa
y en la noche inútiles pintaba mi boca de rumores.
Háblabame tranquila y serenamente con sus ojos enlutados.
Yo veía enjambrarse tras los párpados su catarata de modulaciones.

¿Para qué sirve tu voz, Teresa, sino para extender tus dominios en el aire?

Yo que la conocí puedo decir que cuando cantaba la luz avergonzábase de su palidez.
El sol deteníase a contemplarla y apagaban la velas su vuelo en el puerto donde nació.
Agora que lembro, el aire desvanecíase cuando ella soñaba.

Afuera las guayabas maduran al escuchar sus pasos de penumbra.

En su voz vientos y garzas copulaban, se llamaba Teresa.


domingo, 23 de julio de 2006



wz!
Estoy aquí.
Te escribo sin parpadear.
En mis ausencias reservo para ti el sol obnubilante, la noche gélida.
No dejes caer de tus manos el silencio.
En mi respiración poniente habitas.

lunes, 10 de julio de 2006


La línea del azar en Huehuetla, Puebla

miércoles, 5 de julio de 2006

En el día de gatos resonantes y nubes borrascosas,
en la tarde de vientos lejanos,
en la noche de estrellas rumorosas,
conmigo estás y en tus manos duermo.


dankeshon puy

miércoles, 28 de junio de 2006

Y el aire se diluye. Deja en el enredado linde dudas y violencia.
Tengo que domar la furia para no matar al primero que pase.
Horadar el cielo y ver en el espejo del placer las huellas de la lejanía.

"Y reconozco que me importa ser pobre.
Y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo."
rbn

viernes, 12 de mayo de 2006






LA LUZ QUE YA SE IBA...

Recuerdo que te miré con miedo
Cuando te sentabas frente a mí.
La belleza al ser tan grande y honda
Es inhumana y dura, sin piedad.
Mas tu dulzura, la suavidad de tus ideas,
Las palabras medidas en que iban expresadas
y esa infinita ternura que era tuya
Debieran haberme hecho perdonar tu belleza enorme.
Pensaba que podrías cambiarme,
Hacer de mí a capricho tuyo aquello que desearas
y temía. Ay de mí.
Cómo decir lo mucho que llenaban en mi huera vida
Esos minutos en que eras para mí,
Qué informe todo lo que no fueran los instantes
Contigo así pasados.
Llegó entonces una tarde a mi memoria
Como disparo de un arma certera, mortal, inevitable
En que despertaba de la siesta
En otro continente, allí, en mi cuarto
y aún deberían pasar un par de horas,
Para ver a esa mujer cuyo cuerpo era
Sencillamente hermoso como su habla y su compañía
Acordé por el intenso dolor que tanta dicha habíarne dado.
Pensé que nada podía ser así maravilloso,
Pero que era intolerable tal felicidad.
La luz que ya se iba lo decía
y el corazón dolíame en extremo, desdichado,
A fuerza de alegría tan abundante.
Supe entonces aquello que hoy quiero decir
Mas que no puedo; mejor sería intentado
De otra forma, ¿usted podría?


Francisco Cervantes

sábado, 6 de mayo de 2006

Saturado de un rumor indeclinable y con la existencia varada en los libros occidentales y la confusión, te escribo.
Arriesgo aquí las tentaciones de la confesión, mi yo íntimo y voraz y silencioso y parco y esmerado y aborrecible y tentativo que soy cuando están activados los límites de tu ausencia, las páginas vencidas del recuerdo.
Me engaño de tal manera que al despertar tengo verdes los pies y una moneda reticular habita mis párpados con el mismo desdén de una mosca intoxicada.
Pierdo vestigios y hallo incendios, lentas conflagraciones, periódicos idiotas fincados en la resignación.
Te busco y en los ojos la maleza se sugestiona, te miro decir una frase inhóspita para los ciudadanos y siento que debo pedirte algo, asegurarme a ti de una forma bastante conocida para que después no puedas reclamarme y yo te diga te lo advertí, no era mentira ni murmullo, era cierto que calcinaba mis pasos y los brazos perdía y los dedos se mutilaban en un justificado intento de ir sobre ti, de relajarte con tus mentiras preferidas.
De algún modo, igual que yo, estarás celebrando negocios con el mar. Tendrán tus placeres la misma posición que mis deseos y el sol se irá debilitando con mis sueños anteriores, como una plaza diminuta en un pueblo de ladrones.

jueves, 27 de abril de 2006

Sueño infinito de Pao Yu




Pao Yu soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa. ¿Será posible, dijo, que haya un jardín idéntico al mío? Se le acercaron unas doncellas. Pao Yu se dijo atónito: ¿Alguien tendrá doncellas iguales a Hsi-Yen, a Pin Erh y a todas las de casa? Una de las doncellas exclamó: “Ahí está Pao Yu. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?” Pao Yu pensó que lo habían reconocido. Se adelantó y les dijo: “Estaba caminando; por casualidad llegué hasta aquí. Caminemos un poco.” Las doncellas se rieron. “¡Qué desatino! Te confundimos con Pao Yu, nuestro amo, pero no eres tan gallardo como él.” Eran doncellas de otro Pao Yu. “Queridas hermanas –les dijo- yo soy Pao Yu. ¿Quién es vuestro amo?” “Es Pao Yu --contestaron--. Sus padres le dieron ese nombre que está compuesto de los dos caracteres. Pao (precioso) y Yu (jade), para que su vida fuera larga y feliz. ¿Quién eres tú para usurpar ese nombre?” Se fueron, riéndose.
Pao Yu quedó abatido. “Nunca me han tratado tan mal. ¿Por qué me aborrecerán estas doncellas? ¿Habrá de verás, otro Pao Yu? Tengo que averiguarlo”. Trabajado por esos pensamientos, llegó a un patio que le pareció extrañamente familiar. Subió las escaleras y entró en su cuarto. Vio a un joven acostado; al lado de la cama reían y hacían labores unas muchachas. El joven suspiraba. Una de las doncellas le dijo: “¿Qué sueñas, Pao Yu, estás afligido?” “Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron y me dejaron solo. Las seguí hasta la casa y me encontré con otro Pao Yu durmiendo en mi cama.” Al oír este diálogo Pao Yu no pudo contenerse y exclamó: “Vine en busca de un Pao Yu; eres tú.” El joven se levantó y lo abrazó, gritando: “No era un sueño, tú eres Pao Yu.” Una voz llamó desde el jardín: “¡Pao Yu!” Los dos Pao Yu temblaron. El soñado se fue; el otro le decía; ¡Vuelve pronto, Pao Yu!” Pao Yu se despertó. Su doncella Hsi-Yen le preguntó: “¿Qué sueñas Pao Yu, estás afligido?” “Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que vosotras no me reconocíais...”

En Sueño del aposento rojo

Hsueh-chin Tsao
(1715 - 1763)
Dinastía Ching




Poned en mi tumba un bote salvavidas,
porque uno nunca sabe...

Robert Desnos