jueves, 10 de marzo de 2005
sábado, 5 de marzo de 2005
Ella sintió que la lluvia era sólo un pretexto para cancelar el encuentro. Qué importaba empaparse, arruinar los zapatos, la ropa, mojar un libro, si iban a compartir ese instante, si cada gota uniría más su piel.
Él no bromeaba. Ya varias veces le había advertido sobre su repulsión por el agua.
Cuando ella notó su rostro de enfado era demasiado tarde. Sus brazos empezaban a desprenderse, ya le asomaba la clavícula izquierda, del filoso hueso de la cadera colgaban sus pantalones. Fuen entonces que ella recordó el aviso:
"No permitas nunca que caiga en las aguas de tus emociones".
martes, 22 de febrero de 2005
sábado, 19 de febrero de 2005
Soñé contigo
Estábamos en la Sierra. La neblina permanente nos amarraba la mirada.
Si la temperatura lo pedía, cómo no tocar tus zonas fonéticas, los rincones húmedos de tu sonrisa.
Después de mucho tiempo no nos acercábamos de tal forma. Ya mi piel te extrañaba, mis brazos te exigían.
Quiero tenerte muy cerca
mirarme en tus ojos
verte junto a mí
Pensé mientras tus ritmos se adherían a mi cintura.
Nos cazaban ya los sicarios del amor.
Disfrutábamos las alhajas de la noche, la terrible lucha del calor en movimiento.
Yo sentía la profundidad de tus hechizos, el filo de tus seducciones.
Nadábamos, heríamos, gozábamos.
De pronto, tú te retiraste.
No hubo respuesta cuando pregunté el motivo.
Quedé pasmado, un rugido de palomas habitó mis ojos.
Piensa que tal vez mañana
yo ya estaré lejos
muy lejos de aquí
La magia falló, abandonaste mi cuerpo en horas mudas,
sólo dejaste silencio
y la punta de mi calor hiriendo la madrugada.
jueves, 17 de febrero de 2005
¿Dónde te encontraré?
¿En qué inesperada esquina tramitaremos un adios?
Temo extraviarme en tus histerias, abandonar la dulce locura de tus palabras.
No te me pierdas, no te dejes llevar por los mamíferos invernales, no dejes que la tarde te infecte con los tildes cardiacos de la perdición
No te ocultes, no me niegues la peligrosa sal de tus excesos.
Desde aquí hago versos para que tus planetas
permanezcan en la órbita de mis manos.
¿En qué inesperada esquina tramitaremos un adios?
Temo extraviarme en tus histerias, abandonar la dulce locura de tus palabras.
No te me pierdas, no te dejes llevar por los mamíferos invernales, no dejes que la tarde te infecte con los tildes cardiacos de la perdición
No te ocultes, no me niegues la peligrosa sal de tus excesos.
Desde aquí hago versos para que tus planetas
permanezcan en la órbita de mis manos.
domingo, 6 de febrero de 2005
sábado, 5 de febrero de 2005
Negado por ti
con tu mutismo desgastándome
declaro:
silenciosamente
lanzaste contra mí los colibríes de tu emoción
los diptongos asesinos de tus ojos
en mis manos abandonaste
los detalles del invierno
las notas musicales del silencio
no reprocharé el bajo
bramido de tu corazón
las nubes violentas de tus besos
te reservo la humedad de mis infiernos
la loca congestión de los veranos
cómo engañarte
hechicera de agua
bruja a la que los cuervos
rendían sangrientas pleitesías
aunque grites y amenaces
no he de tocar de ti
sino la parte más estrecha de tu rebeldía
los puntos oculares de tu imaginación.
con tu mutismo desgastándome
declaro:
silenciosamente
lanzaste contra mí los colibríes de tu emoción
los diptongos asesinos de tus ojos
en mis manos abandonaste
los detalles del invierno
las notas musicales del silencio
no reprocharé el bajo
bramido de tu corazón
las nubes violentas de tus besos
te reservo la humedad de mis infiernos
la loca congestión de los veranos
cómo engañarte
hechicera de agua
bruja a la que los cuervos
rendían sangrientas pleitesías
aunque grites y amenaces
no he de tocar de ti
sino la parte más estrecha de tu rebeldía
los puntos oculares de tu imaginación.
domingo, 30 de enero de 2005
Hoy besé a la muerte en la sonrisa
A Florita †
A tu innecesaria ausencia
Hoy besé a la muerte en la sonrisa. Fue un beso tan tierno, tan suave, tan cálido y frío al mismo tiempo. En mi rostro quedó la mueca trágica, el rictus inconfundible de la fragilidad.
Y es que mi linaje poco a poco ha ido desapareciendo. A mi árbol genealógico se le están secando las raíces. No conocí la sangre intensa de mi abuelo, su guitarra enamorada, la felicidad permanente que lo envolvía. Pero mi abuela ha sabido dejarme en la mirada su sonrisa. De ella tengo la terquedad, el gusto por el café y la soledad obligatoria. Ella supo guardar los besos clandestinos de él, sus nocturnas serenatas.
¿Y cómo no guardar la luz equinoccial, el rumor del río, si todas las respuestas quedaron incrustadas en el valle?
¿Cómo olvidar la noche estival en que te tuve, el perfume onírico del azahar sobre tu cuerpo?
Te fuiste ayer, hubiera querido acompañarte pero ya la vida estaba cobrando mis desatinos.
¿Qué hacer cuando la muerte nos sonríe y la vida nos escupe sus bilis fúrica?
Al despedirnos, dejé una profunda lágrima en tus cabellos,
tú ya no volteaste, esperabas la muerte desde el azul dulcísimo de tus ojos.
29eneroIImil5
A Florita †
A tu innecesaria ausencia
Hoy besé a la muerte en la sonrisa. Fue un beso tan tierno, tan suave, tan cálido y frío al mismo tiempo. En mi rostro quedó la mueca trágica, el rictus inconfundible de la fragilidad.
Y es que mi linaje poco a poco ha ido desapareciendo. A mi árbol genealógico se le están secando las raíces. No conocí la sangre intensa de mi abuelo, su guitarra enamorada, la felicidad permanente que lo envolvía. Pero mi abuela ha sabido dejarme en la mirada su sonrisa. De ella tengo la terquedad, el gusto por el café y la soledad obligatoria. Ella supo guardar los besos clandestinos de él, sus nocturnas serenatas.
¿Y cómo no guardar la luz equinoccial, el rumor del río, si todas las respuestas quedaron incrustadas en el valle?
¿Cómo olvidar la noche estival en que te tuve, el perfume onírico del azahar sobre tu cuerpo?
Te fuiste ayer, hubiera querido acompañarte pero ya la vida estaba cobrando mis desatinos.
¿Qué hacer cuando la muerte nos sonríe y la vida nos escupe sus bilis fúrica?
Al despedirnos, dejé una profunda lágrima en tus cabellos,
tú ya no volteaste, esperabas la muerte desde el azul dulcísimo de tus ojos.
29eneroIImil5
lunes, 17 de enero de 2005
La luz y sus callejones homicidas...
Como si yo estuviera fotografiando una sombra en el agua…
Me quedé mirando un pliegue, la huella de una mariposa que hacía mucho no reflejaba colores.
Estábamos en el origen de la luz, en los callejones meridianos de la piedra.
La busqué en las zonas tibias del agua, en los cristales oscuros de la memoria.
Mi cámara, henchida de deseo, no tuvo más que activar el obturador para recoger su aroma, las temperaturas de su cuerpo. El cuarto oscuro que nos envolvía se convirtió en una galaxia de sudores.
Me acerqué con la tibieza del Golfo. Herimos la noche, los vértices de la fijeza. Esa noche derretimos todos los témpanos de la soledad y la distancia.
No era la hechicera de agua que acostumbro, pero cada segmento, cada rincón de mi cuerpo sintió el calor siniestro de su desnudez.
Venimos y volamos.
Mi aullido alcanzó la más aguda nota de placer.
En el aire dejamos los instantes luminosos, los momentos de la caída.
En los territorios del frío retamos el invierno. Nunca supe qué delgada melancolía matizaba mis viajes. Esta ocasión reservé los principales lugares. Toda la intemperie nos pertenecía. Por una noche dominamos la ciudad y sus luces homicidas, las rutas ilegales de la respiración.
Y la ceniza invadió las calles del encuentro.
La felicidad, que por una eternidad habíamos rentado, terminaba.
Regresé a la guarida de los ángeles.
En mis manos sólo quedó la pintura de sus movimientos.
Como si yo estuviera fotografiando una sombra en el agua…
Me quedé mirando un pliegue, la huella de una mariposa que hacía mucho no reflejaba colores.
Estábamos en el origen de la luz, en los callejones meridianos de la piedra.
La busqué en las zonas tibias del agua, en los cristales oscuros de la memoria.
Mi cámara, henchida de deseo, no tuvo más que activar el obturador para recoger su aroma, las temperaturas de su cuerpo. El cuarto oscuro que nos envolvía se convirtió en una galaxia de sudores.
Me acerqué con la tibieza del Golfo. Herimos la noche, los vértices de la fijeza. Esa noche derretimos todos los témpanos de la soledad y la distancia.
No era la hechicera de agua que acostumbro, pero cada segmento, cada rincón de mi cuerpo sintió el calor siniestro de su desnudez.
Venimos y volamos.
Mi aullido alcanzó la más aguda nota de placer.
En el aire dejamos los instantes luminosos, los momentos de la caída.
En los territorios del frío retamos el invierno. Nunca supe qué delgada melancolía matizaba mis viajes. Esta ocasión reservé los principales lugares. Toda la intemperie nos pertenecía. Por una noche dominamos la ciudad y sus luces homicidas, las rutas ilegales de la respiración.
Y la ceniza invadió las calles del encuentro.
La felicidad, que por una eternidad habíamos rentado, terminaba.
Regresé a la guarida de los ángeles.
En mis manos sólo quedó la pintura de sus movimientos.
viernes, 14 de enero de 2005
Cuenta cuenta cuenta: ayer.
Contigo recordé cuando sólo callaba.
Las palabras se retorcían en los límites de la conciencia.
Copulaban, herían, gritaban.
Fue una tarde -casi todo me ocurre en la tarde- cuanto te vi, o me viste.
Misteriosa, risueña, sutil.
Desde ese momento no aparté mis vista de tus ojos y sus pequeños resplandores.
Fueron el azar y la urgencia, dicen los que no conocen los silencios secretos de las mujeres.
En cada encuentro te dirigía mis divagaciones, mis agravios informáticos, mis dudas virtuales.
Una mirada... todos provenimos de una mirada.
Te tuve, nos tuvimos. Celebramos la locura de la legalidad y los números.
Ayer te vi y las cuentas clausuradas de mi corazón
sufragaron sus deudas en seguida.
No te toqué, sólo pude darte otra mirada, mis papeles chamuscados...
Contigo recordé cuando sólo callaba.
Las palabras se retorcían en los límites de la conciencia.
Copulaban, herían, gritaban.
Fue una tarde -casi todo me ocurre en la tarde- cuanto te vi, o me viste.
Misteriosa, risueña, sutil.
Desde ese momento no aparté mis vista de tus ojos y sus pequeños resplandores.
Fueron el azar y la urgencia, dicen los que no conocen los silencios secretos de las mujeres.
En cada encuentro te dirigía mis divagaciones, mis agravios informáticos, mis dudas virtuales.
Una mirada... todos provenimos de una mirada.
Te tuve, nos tuvimos. Celebramos la locura de la legalidad y los números.
Ayer te vi y las cuentas clausuradas de mi corazón
sufragaron sus deudas en seguida.
No te toqué, sólo pude darte otra mirada, mis papeles chamuscados...
Todos gritan,
todos se quejan,
todos maldicen,
todos cagan,
todos reclaman,
todos lloran,
todos rien,
todos besan,
pocos duermen.
Debo dormir, debo leer, debo estudiar, debo escribir, debo comer, debo olvidar, debo pensar, debo gritar, debo tomar, debo deber.
Tanto inusitado derrame de excremento, tanta mierda esparcida en los lugares más respetados, tanto ocio y envidia.
¿Qué puedo pedir sino una cerveza, un libro, tu mirada y los licores tropicales del Atlantico?
Sólo pido tiempo, espacio para revolcarme en mis acentos.
No molestar,
no reñir,
no tocar,
no pedir,
no buscar,
no mirar,
no preguntar,
no volver,
no chingar.
La histeria es un virus colectivo que sólo las brujas pueden transmitir.
En el aire deposito los remedios contra el estrés.
Sólo vivo, sólo estoy.
Me río de los que sólo están, sin saber qué pedo.
Celebro la caída.
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